



Octopus, el nombre de los pulpos en inglés, derivada del griego oktōpous que significa “ocho brazos”, haciendo referencia a sus ocho tentáculos. Pertenecen a la familia de los cefalópodos, igual que los calamares y las sepias, es decir, son una clase de invertebrados marinos pertenecientes al Filo de los moluscos.
Los pulpos tienen tres corazones, dos de ellos se encargan de la circulación de sangre hacia las branquias para su oxigenación, y el tercero distribuye la sangre oxigenada al resto del organismo.
Su complejo sistema nervioso, uno de los más avanzados entre los invertebrados, los ha llevado a ser los maestros del camuflaje, astutos e ingeniosos a la hora de resolver problemas, pero, además, sentir profundamente.
Son considerados uno de los animales marinos más inteligentes y tienen sus propios rasgos de personalidad. Navegan laberintos, utilizan herramientas, organizan materiales, modifican su entorno para crear madrigueras, son considerados “ingenieros del océano”.
El camuflaje es un mecanismo avanzado regulado por su sistema nervioso y les permite ocultarse eficientemente de sus depredadores, cazar a sus presas y comunicarse entre ellos.
Utilizan tres tipos de células especializadas en la piel para cambiar rápidamente el color, el patrón y, en ocasiones, la textura y la forma de su cuerpo, logrando imitar con precisión tanto el color como el patrón del fondo marino, ya sea arena, rocas, corales o algas. Algunas especies, como el pulpo mimético, son capaces incluso de alterar la forma de su cuerpo para simular ser otra especie, por ejemplo, criaturas marinas venenosas.
Me inspiré a pintar esta pulpita bailarina, moviéndose ágil por el fondo marino, guiada por sus ventosas que poseen una gran cantidad de receptores nerviosos y químicos, los cuales les permiten sentir, degustar y olfatear su entorno.
